y por miel me dieron piel, rasgada de egos antiguos... ya no era dulce, sino que muy brillante...
pero yo convencido y vehemente, probé jurando que era azúcar lo que estaba metiendo en mi boca... y les grité a todos la tristeza de mi mentira...
Y cuando el barco, por décimo novena vez, se hundió, no quise mostrar mi cara... había prometido llegar al otro lado del mar, pero en el océano me dejó de importar...
Y la piel que probé se posó poco dulce, se hizo un té sin azúcar... y me dejó hablando sólo...